Ambición y arena

En  “La Biblioteca de Tizca”,  dramatizar el relato ganador de la primera edición del Concurso de Relatos de la “Asociación Cultural Universitaria Palentina” (Warhammer 40k ACUP). Este relato, de puño y letra del gran Lewis, os transportará brevemente a las sangrientas arenas de Commorragh.

 

Ambición y arena

La grada del Arconte estaba en un lugar privilegiado. Podía ver los combates en la arena desde la mejor de las perspectivas, e incluso era posible que te salpicara un poco de sangre si la batalla era lo suficientemente brutal. Habíamos visto ya 2 combates. En el primero de ellos un grupo de humanos armados con espadas habían sido masacrados por una pareja de kymeras para regocijo popular. En el segundo acabábamos de ver a un
guerrero Kroot matar y devorar en directo el cadáver de un Ssliz.

—Es el turno de tu bestia –anunció mi señor Arconte animadamente, flanqueado por sus dos guardias de quienes no se separaba nunca, a pesar de que era bien sabido que yo no era ningún guerrero.
—Que la de hoy sea la primera victoria de muchas –desee

Llevaba mucho tiempo siendo un simple peón en el juego de los reyes, pero en la ciudad
siniestra cualquiera puede prosperar si es lo suficientemente inteligente y despiadado, y sin duda yo poseía ambas cualidades. No había sido sencillo. Mi origen humilde dificultaba mi ascenso y me granjeaba todo tipo de faltas de respecto. A pesar de todo había amasado una pequeña fortuna gracias a mi astucia y había financiado a varios piratas estelares con quienes acostumbraba a hacer rápidas incursiones en el espacio real. Mis ganancias se multiplicaron gracias a las capturas de esclavos y con ellas había sobornado, chantajeado y amenazado a suficientes drukhari como para hacerme un nombre entre la clase alta de la ciudad. Un nombre que había llegado a oídos del Arconte que ahora me brindaba su compañía. Por supuesto, no pasaba un día sin que yo planease su muerte para ocupar su lugar. No ansiaba ni merecía nada menos.

Hacía tan solo unos ciclos, mientras buscaba esclavos en un remoto planeta humano, tuve la suerte de encontrar al Orko más grande que jamás había visto. No sabía como aquellas criaturas de piel verdosa habían llegado hasta ese remoto planeta ni me importaba. Perdí al 90% de mis hombres. Aquella bestia acabo con incontables de mis guerreros, incluidos algunos íncubos con una extraordinaria habilidad en el combate, pero finalmente logramos capturar a aquel ser. Era perfecto, el instrumento que me ayudaría a hacer realidad mis propósitos. Pocas cosas gustaban más en Comorragh que los combates en la arena, y pocas cosas generaban más riquezas que un gran campeón.

El orko Arrancapezcuezos salió a la arena de combate rugiendo de manera atronadora y
amenazante. Como todo orko estaba ansioso por pelear. Llevaba un gigantesco martillo en su mano derecha y una garra biónica en la izquierda. El público vitoreo ante la intimidante entrada del gigantesco pielverde y su promesa de sangre. Entonces salió a la arena su contrincante y durante unos segundos el público calló, para después jalear de manera ensordecedora. Ante nosotros apareció una Súcubo, ataviada con unas pocas piezas de armadura que dejaban al aire grandes partes de su anatomía como el cuello y vientre.

Sujetaba una cuchilla con cada mano y era de una belleza incomparable. Su tez pálida contrastaba con su largo pelo y el negro de su armadura.

— ¡Mi señor! –Exclamé –¡Es vuestra campeona personal! ¿Qué está pasando?
—Cálmate –me respondió socarronamente- Te vi tan convencido de que traías a un campeón al anfiteatro que lo he arreglado para que luchara con mi favorita. Deberías agradecérmelo, si consigue matarla tendrás tantas riquezas que sin duda serás Arconte en menos de lo que nadie creería posible.

Aquella súcubo de un extraordinario talento empezaba a convertirse toda una leyenda de Commorragh. Hacía tiempo que estaba patrocinada por mi señor, de quien además era amante.

Sin duda me la habían jugado. Habían visto el potencial del guerrero.

De repente Arrancapezcuezos gritó y se lanzó sin más demora hacía la batalla con una velocidad difícil de creer en un ser de su tamaño. El martillo del orko cayó pesadamente sobre su rival, que lo esquivó con un grácil movimiento, casi sin esfuerzo, girando sobre sí misma, al tiempo que esgrimía sus cuchillas para cortar al pielverde en el muslo. El gigante no pareció notarlo y arremetió de nuevo contra su rival, que volvió a esquivarle.

La siguiente en golpear fue ella, con un ataque veloz cómo un latigazo, pero Arrancapezcuezos paró la cuchilla con su garra, la desvío y contraataco usando el martillo como una lanza. La bruja lo esquivó con un giro de pies y volvió al ataque. Tres estocadas relampaguearon pero el orko consiguió esquivar las dos primeras y bloquear con el mango del martillo la tercera, sin embargo la cuchilla se deslizó con un sonido metálico por el mango y cortó en el dorso de la mano al gigante. Arrancapezcuezos gruñó y lanzó su garra en busca de la bruja, que lo esquivó con dificultad, y no pudiendo evitar que el metal arañase su hombro desnudo. En un rápido movimiento la drukhari acertó en el abdomen de su rival sin grandes resultados. El orko embistió con el martillo y falló.

Él atacaba y la bruja esquivaba. Él era más fuerte pero la velocidad estaba a favor de la súcubo, que estaba haciéndole girar como una peonza. Ella le estaba cansando. El combate prosiguió durante varios minutos sin cambios hasta que la garra biónica de Arrancapezcuezos consiguió atrapar una de las cuchillas de la súcubo destrozándola en añicos. La multitud aclamaba. El orko, aunque cansado parecía adaptarse poco a poco al estilo de lucha de la guerrera, y la obligó en un par de ocasiones a defenderse de sus martillazos. Rugía y gritaba como un animal mientras que su rival permanecía silenciosa. Parecía que estaba acorralándola pero ella se zafaba con la destreza de un
bailarín. El pecho del orko subía y bajaba cada vez más rápido por el esfuerzo. Tomó aire y dió un potente golpe de martillo. Ella pareció prever su movimiento, saltando por encima del martillo y usando su cuchilla para cortar esta vez el tendón de Aquiles de la pierna izquierda de su contrincante. Éste trastabillo e hincó la rodilla en el suelo. Intentó incorporarse y dar un paso, pero el tobillo no le obedeció y volvió a caer de rodillas. La súcubo aprovecho el momento y ataco por la espalda, seccionando esta vez por completo la mano del orko. El pielverde gritó como una bestia justo cuando ella se posicionaba frente a él y con un rápido movimiento le cortó la garganta. El cuerpo de Arrancapezcuezos se tambaleó y cayó en la arena muriendo entre grandes estertores mientras teñía la arena de rojo, con el público vitoreando y aclamando un nombre: Lelith.

El Arconte me miró con una sonrisa malevola.

Instantes después la bruja subió directamente desde la arena a la grada donde nos
encontrábamos

—Mis respetos señor Arconte –dijo sin mirarme e ignorándome de manera deliberada
—Mi querida Lelith, has luchado brillantemente como siempre. Aunque he de reconocer que pareciste pasar algún apuro.
—Sólo me estaba divirtiendo un poco, como ves no a penas tengo un rasguño.
—Quizá deberíamos decirle a este mequetrefe sin linaje que te traiga algo mejor la próxima vez.

Me miró entonces por primera vez sacudiendo su largo cabello rojizo.
—¿Has acabado de divertirte con él? ¿Puedo matarle ya, Arconte?
—Creo que será lo mejor. Es hora de ponerle fin a las aspiraciones de este… Don nadie.
—Un momento –dije. Sería una pena que una súcubo de tu potencial muriese, y es justo lo que pasará si me matas.
—¿Y cómo es eso? –dijo ella con una voz sedosa.
—Te lo explicaré. Hace tiempo que planeo matar al Arconte, así que cuando capturé a aquel magnífico alienígena hice todo lo posible por ponerle nervioso ante las perspectivas de que mejorase aún más mi estatus. Sabía que no permitiría que alguien de mi clase social le hiciese sombra y que la única manera que tenía de impedirlo era matar a mi orko en su primer combate, así que debía enfrentarlo a ti. Nadie más la garantizaba la victoria. Por eso antes de subir a la grada rocié con un poderoso veneno las armas de mi guerrero. Un veneno que ahora fluye por tu torrente sanguíneo a través de ese pequeño rasguño y del que sólo yo tengo conocimiento.

—¡Mientes! –Bramó el arconte
—No lo hago. Empiezas a sentir sus efectos, ¿verdad Lelith? Empiezas a marearte y a sentir el frío apoderándose de ti. Tengo el antídoto.

El rostro de Lelith Hesperax se endureció.
—¿Qué quieres? –Preguntó
—Mata al Arconte. Aquí y ahora. Y a sus guardias aquí presentes.

La mano de Lelith Hesperax fue con un relámpago. Sus cuchillas resplandecieron apenas un segundo y el Arconte y sus dos hombres cayeron muertos con las gargantas borboteantes de sangre.

—Dame el antídoto
—En cuanto tenga claro que no me matarás a mi también. Y no pongas esa cara. Estoy seguro que esto es tan sólo el inicio de una relación muy provechosa para ambos.
—¿Cuál es tu nombre? –Me preguntó aún desafiante
—Todos me llaman Asdrúbal Vect.