20 años creyendo en la utopía

esther duque

¿Qué os puedo decir? Me encanta un buen complemento: unos guantes, una bufanda, un sombrero de ala ancha… Son mi debilidad. Si algo ha traído el cine, es la variedad de estilos, y yo me los pondría todos.

Quizá sea por ver tanto cine y leer algún que otro libro, que sueño con elefantes voladores, con hombres violentos que acaban entre rejas, con mujeres libres que eligen a qué quieren dedicarse, con jefes/as que no tratan a sus trabajadoras con paternalismo y sí con el respeto, y que mantienen la capacidad de discernir donde están los límites y las líneas que hay que mantener hacia los profesionales.

Tal vez, como decía Galeano, la realidad se hace más bonita si caminamos hacia una utopía donde, al pasear por las calles de mi pueblo, no existen diferencias entre los ‘dos lados de las vías’ ni entre colores de piel. Porque aquí, el único ‘extracomunitario’ o ‘pañuelo’ que existe es el que uso para sonarme los mocos. El resto son prendas de vestir con nombre e identidad propia. Y lo más importante: personas y sonrisas detrás.

En mi utopía, cada individuo puede ser como desea. Yo puedo llevar mitones en la Calle Mayor sin sentirme un bicho raro, una monja puede vestir su hábito y una mujer musulmana puede llevar su tudong en la cabeza con total libertad.

A diferencia de Irán, no voy a decirle a nadie cómo vestirse. No tengo ni el derecho ni la autoridad para juzgar a alguien por llevarlo.

Si, como nos recuerdan los libros de historia, hasta 1975 las mujeres casadas en España necesitaban el permiso de sus maridos para trabajar, ¿quién soy yo para decirle a alguien qué debe hacer?

Tal vez si, como palentinos modernos, democráticos y plurales, abrimos los brazos a quienes son diferentes y sonreímos a nuestros nuevos vecinos, podamos mostrar quiénes somos y aprender de ellos.

Muchas religiosas dejaron su ‘uniforme’ de manera natural y voluntaria; quizá ocurra lo mismo con las mujeres que hoy se ven juzgadas por su elección.

El respeto hacia las personas mayores en otras culturas es, por ejemplo, infinitamente superior al que a menudo demostramos en nuestra tierra. Cuando visito residencias, puedo ver la tristeza en los rostros de las personas usuarias, no por estar en un nuevo centro, en su nuevo hogar, sino por sentirse abandonados por sus seres queridos, que no los visitan (generalizo, claro está)… Me parte el alma. Sino fuera por los cuidados profesionales de jóvenes como vosotros.

En mi utopía, la tasa de envejecimiento en Palencia no disminuiría, y se trataría con respeto a los emprendedores/as. Se defendería la libertad de expresión en redes y se apostaría por personas y colectivos que creen que, ante la Ley, todos deberíamos ser iguales.