Una generación ante el fuego

Esther Duque
Directora-editora de FreeMag

El incendio de Burgohondo está obligando a miles de personas a abandonar sus viviendas o permanecer confinadas mientras el fuego avanza por distintos puntos de Ávila. En los municipios afectados, la alerta ha interrumpido las vacaciones, el trabajo y las celebraciones de verano, y ha colocado a muchas familias ante decisiones urgentes, desde preparar la medicación de los abuelos hasta trasladar animales, localizar alojamiento o reunir en pocos minutos la documentación imprescindible.

Entre quienes están afrontando esa situación hay estudiantes, trabajadores que estrenaban sus primeros empleos y chicos y chicas que habían regresado al pueblo para pasar unos días con su familia. También forman parte de los dispositivos de emergencia numerosos profesionales jóvenes que conducen ambulancias, combaten las llamas, atienden a personas evacuadas, organizan suministros y colaboran desde las agrupaciones de Protección Civil. Unos han tenido que salir de casa; otros se han quedado para facilitar la salida de los demás.

El incendio está acercando el cambio climático a una generación que ha crecido escuchando hablar de él como una amenaza futura y que ahora reconoce sus efectos en un monte ennegrecido, una carretera cerrada o una vivienda desalojada. Los periodos de calor extremo se alargan, la humedad desaparece antes del suelo y de la vegetación, y el fuego encuentra un paisaje cada vez más seco sobre el que avanzar con rapidez. A esa presión climática se añade el retroceso de la actividad rural, que deja pastos desaprovechados, parcelas cubiertas de maleza y caminos cuya conservación resulta esencial durante una emergencia.

La prevención adquiere así un sentido muy concreto. Requiere ganadería extensiva, cultivos activos, trabajos forestales, accesos transitables y equipos que conozcan el territorio durante las cuatro estaciones. Allí donde el abandono extiende la fragilidad, el cuidado aporta resistencia; donde la improvisación consume minutos decisivos, la preparación permite ordenar una evacuación, localizar a una persona vulnerable y distribuir los recursos disponibles.

Quienes hoy se forman en emergencias sanitarias, gestión forestal, ciencias ambientales, atención social o ingeniería asumirán buena parte de esas tareas durante los próximos años. Protección Civil ofrece además la posibilidad de adquirir conocimientos en primeros auxilios, comunicaciones, logística y asistencia durante evacuaciones, una experiencia que convierte la voluntad de colaborar en una capacidad útil para la comunidad. La vocación encuentra así un oficio y la inquietud ambiental se traduce en preparación práctica.

El teléfono móvil también ocupa un lugar central en estos días. Las alertas indican cuándo salir, los canales oficiales informan sobre carreteras y confinamientos, y los grupos vecinales ayudan a encontrar alojamiento, transporte o espacio para los animales. Esa velocidad reclama precisión, porque una localización correcta facilita la ayuda y una información contrastada evita desplazamientos innecesarios en zonas donde cada vía libre resulta valiosa.

Ávila está viviendo ahora una emergencia que afecta a personas de todas las edades, aunque quienes comienzan su vida adulta recibirán durante más tiempo las consecuencias de un clima cambiante y de un territorio que necesita atención permanente. Su participación ya aparece en los operativos, en las redes de ayuda y en las familias que están reorganizando su vida alrededor del incendio, mientras el futuro exige transformar esa presencia en formación, empleo estable y servicios de protección capaces de pasar de la urgencia del verano a la previsión de todo el año.