La Universidad de Valladolid acogerá del 30 de septiembre al 2 de octubre el LVIII Congreso Internacional de Filosofía Joven, que recupera uno de los encuentros filosóficos más veteranos de España para discutir identidad, subjetividad, derechos y responsabilidad en un presente atravesado por la inteligencia artificial y la digitalización.

¿Qué significa llamar persona a alguien en 2026, cuando buena parte de nuestra identidad circula convertida en datos, los algoritmos intervienen en decisiones cotidianas y una máquina puede mantener una conversación, escribir un texto o producir una imagen que hasta hace pocos años asociábamos exclusivamente a capacidades humanas? La Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid convertirá esa pregunta en el eje del LVIII Congreso Internacional de Filosofía Joven, que se celebrará los días 30 de septiembre, 1 y 2 de octubre bajo el título Enigmas filosóficos. Ser persona hoy.
Organizado por el Departamento de Filosofía de la UVa con la colaboración de la Facultad de Filosofía y Letras, el encuentro reunirá a estudiantes, jóvenes investigadores y especialistas alrededor de una palabra aparentemente común que, observada de cerca, acumula siglos de problemas. Persona puede nombrar a un sujeto moral, a un titular de derechos, a una conciencia, a un personaje que representa un papel o a alguien cuya existencia reconocemos como distinta y digna de consideración.
El congreso parte precisamente de esa dificultad. Su intención consiste en volver sobre las capas escénicas, teológicas, ontológicas, políticas, morales y jurídicas que se han acumulado alrededor del término y preguntarse cuáles siguen permitiendo comprender la experiencia contemporánea. La organización sitúa deliberadamente ese análisis en una sociedad que habla con naturalidad de inteligencia artificial, nanotecnología, computación en la nube o internet de las cosas mientras conceptos mucho más antiguos continúan determinando quiénes somos y cómo nos relacionamos.
Persona
La cuestión parece abstracta hasta que se traslada a situaciones concretas.
Reconocer a alguien como persona implica atribuirle una identidad que merece consideración, admitir su capacidad para tomar decisiones, establecer obligaciones hacia ella y, en el terreno jurídico, situarla dentro de un sistema de derechos y responsabilidades. Las dificultades aparecen cuando esos atributos dejan de coincidir con las fronteras tradicionales.
Una inteligencia artificial puede producir lenguaje sin que de ello se desprenda que comprenda lo que dice. Un algoritmo puede recomendar si alguien obtiene un crédito sin asumir personalmente las consecuencias. Un perfil digital puede describir hábitos, ingresos, relaciones y preferencias hasta construir una representación extremadamente precisa de un individuo, aunque esa suma de datos continúe estando lejos de contener una vida.
La pregunta filosófica adquiere entonces una dimensión práctica. Qué parte de una persona puede traducirse a información y qué permanece fuera, quién responde cuando una decisión ha sido automatizada y qué características permiten distinguir una conducta aparentemente humana de una experiencia verdaderamente humana forman parte del territorio intelectual abierto por la convocatoria.
Máscara
El texto escogido para presentar el congreso procede de Humano, demasiado humano, de Friedrich Nietzsche, y se detiene en una relación especialmente incómoda entre apariencia e identidad.
Nietzsche observa cómo quien representa durante suficiente tiempo un determinado papel puede acabar incorporando ese comportamiento a su propia manera de ser. El hipócrita que mantiene constantemente una máscara, sugiere el filósofo, corre el riesgo de dejar de fingir porque la representación termina convirtiéndose en hábito.
La elección adquiere una resonancia particular en una época en la que cada individuo administra varias versiones públicas de sí mismo. La identidad profesional convive con perfiles sociales, fotografías seleccionadas, conversaciones privadas, historiales digitales y representaciones diferentes según el espacio en el que cada persona participa.
Eso tampoco significa que una identidad digital sea necesariamente falsa. La cuestión resulta más compleja. Un perfil puede contener partes auténticas de alguien y, simultáneamente, responder a una selección consciente de aquello que desea mostrar. La distancia entre parecer y ser se vuelve entonces difícil de fijar, exactamente el terreno que el fragmento nietzscheano coloca al comienzo del debate.

Algoritmos
La inteligencia artificial proporciona quizá el ejemplo más inmediato de por qué la pregunta sobre la persona ha recuperado actualidad.
Los sistemas generativos escriben, traducen, resumen, dibujan y mantienen conversaciones con una fluidez que puede producir la impresión de estar ante un interlocutor. Sin embargo, una respuesta lingüísticamente convincente y la existencia de una subjetividad constituyen problemas diferentes.
La filosofía dispone aquí de preguntas anteriores a cualquier modelo de lenguaje. Qué significa comprender, en qué consiste tener conciencia, qué relación existe entre experiencia y cuerpo o de dónde procede la responsabilidad de una acción llevan siglos formando parte de la reflexión filosófica. La tecnología ha cambiado las condiciones del problema, aunque muchas de sus preguntas fundamentales resultan sorprendentemente antiguas.
El propio planteamiento de Ser persona hoy evita reducir la discusión a determinar si una máquina podrá llegar a convertirse en persona. El interrogante también funciona en sentido contrario, porque obliga a examinar qué ocurre con las personas cuando parte de sus decisiones, relaciones y oportunidades empiezan a estar mediadas por máquinas.
Datos
La identidad digital añade otra capa. Cada navegación, compra, ubicación, búsqueda o interacción deja rastros que permiten construir perfiles capaces de anticipar comportamientos.
Esa traducción del individuo a categorías cuantificables resulta útil para prestar servicios, detectar patrones o personalizar contenidos, aunque plantea una diferencia filosófica importante entre una persona y aquello que sabemos sobre ella.
Una base de datos puede registrar edad, domicilio, nivel educativo, consumo o preferencias y seguir siendo incapaz de contener una biografía. La tensión aparece cuando esas representaciones parciales empiezan a determinar oportunidades reales, desde una oferta de empleo hasta una decisión financiera o una recomendación automatizada.
Preguntarse qué es ser persona conduce entonces hacia privacidad, autonomía y capacidad de decisión, además de hacia la cuestión clásica de la identidad.
Derecho
La palabra posee también consecuencias jurídicas.
Ser persona dentro de un ordenamiento implica capacidad para ser titular de derechos y obligaciones, pero los cambios biomédicos y tecnológicos han multiplicado los escenarios en los que las categorías heredadas pueden resultar insuficientes.
Reproducción asistida, edición genética, interfaces entre cuerpo y máquina, inteligencia artificial, prolongación de la vida y sistemas automatizados obligan a distinguir constantemente entre posibilidad técnica, responsabilidad jurídica y consideración moral.
El congreso plantea precisamente que la noción de persona ha acumulado significados desde ámbitos muy diferentes y que esa pluralidad constituye parte del problema antes que una anomalía que pueda resolverse mediante una única definición.
Jóvenes
El apellido “Joven” tampoco responde únicamente a una estrategia de denominación.
La convocatoria mantiene históricamente una estructura pensada para que estudiantes y jóvenes investigadores puedan presentar sus trabajos, discutirlos públicamente y entrar en contacto con otras líneas filosóficas. La Red Española de Filosofía ha explicado que la edición vallisoletana conserva esa voluntad de encuentro entre quienes comienzan a desarrollar investigación académica.
La organización amplió este verano hasta el 20 de agosto el plazo de recepción de propuestas de comunicación y anunció que el congreso combinaría esas mesas con sesiones plenarias formadas por especialistas de referencia. El periodo para enviar trabajos ha finalizado ya y la web específica del encuentro continúa situando la publicación del programa definitivo después del cierre y evaluación de las comunicaciones recibidas.
Este carácter abierto a investigadores en primeras etapas ha acompañado al Congreso de Filosofía Joven desde sus orígenes y explica parte de su particular historia.
1963
La edición de Valladolid alcanza el número 58, una cifra que sitúa el encuentro entre las iniciativas académicas de mayor trayectoria dentro de la filosofía española.
Su origen se remonta a 1963, cuando se celebró la primera Convivencia Española de Filósofos Jóvenes. Durante sus primeros años mantuvo esa denominación; desde 1974 pasó a llamarse Congreso de Filósofos Jóvenes y, tras una decisión adoptada en Granada en 2008, comenzó a utilizar desde 2009 el nombre actual de Congreso de Filosofía Joven.
La evolución del propio nombre cuenta parte de la historia de la disciplina. La modificación de 2008 buscó dejar atrás una formulación masculina cada vez menos representativa de la presencia de investigadoras dentro del encuentro.
Su continuidad tampoco ha dependido históricamente de una estructura institucional permanente. Durante décadas, la organización ha ido pasando de una sede a otra y los propios participantes han tenido un peso significativo en la elección de posteriores temas y lugares. Esa naturaleza cambiante ha permitido que distintas generaciones de filósofos se apropiaran sucesivamente del encuentro.
La edición anterior, la LVII, terminó celebrándose en 2021 en modalidad virtual después de los aplazamientos provocados por la pandemia y abordó bajo el título Philos-polemos cuestiones relacionadas con conflicto, amistad, pensamiento y discusión filosófica. Valladolid recuperará ahora la numeración cinco años después.
Presente
El regreso tiene algo de paradójico. Uno de los congresos más antiguos de la filosofía española vuelve precisamente para preguntarse por una de sus nociones más antiguas en un momento en que el vocabulario tecnológico envejece a enorme velocidad.
Inteligencia artificial generativa, nube, automatización o internet de las cosas describen tecnologías que hace unas décadas apenas existían y que dentro de otras tantas probablemente habrán cambiado de nombre o función. Persona, en cambio, ha sobrevivido durante siglos precisamente porque nunca ha terminado de significar una sola cosa.
Ese contraste constituye quizá el núcleo más fértil del encuentro. La velocidad de las tecnologías obliga a revisar conceptos lentos, palabras que proceden de tradiciones filosóficas, jurídicas y culturales mucho más antiguas y que todavía utilizamos para decidir quién merece derechos, quién puede responder de sus actos, qué consideramos autonomía y qué clase de relación establecemos con los demás.
Del 30 de septiembre al 2 de octubre, Valladolid volverá sobre esa palabra con una dificultad añadida. En 2026 ya no basta con preguntarse qué es una persona en abstracto. Hay que hacerlo en un mundo donde nuestra voz puede imitarse, nuestros gustos pueden predecirse y una conversación aparentemente humana puede empezar al otro lado de una pantalla sin que exista allí nadie que experimente aquello que está diciendo.