POR ALMUDENA ÁLVAREZ/ PALENCIA
Una silla, una pelota, o el propio cuerpo. Todo puede convertirse en un instrumento musical si entre el movimiento y el sonido existe un sistema que los conecta. Esa es la idea que lleva años explorando la musicóloga e investigadora de la Universidad de Valladolid, Elena Partesotti, y que ahora quiere trasladar al aprendizaje en la escuela a través del proyecto SoundXR.
Todo comenzó con una pregunta aparentemente sencilla. Durante su doctorado en Musicología en Valladolid, mientras terminaba un máster en Musicoterapia, Partesotti hizo prácticas con personas que tenían dificultades para tocar instrumentos convencionales por diferentes razones, barreras físicas, cognitivas o, simplemente, por falta de los conocimientos necesarios para tocar un instrumento. «Me pregunté qué pasaría si yo creara un instrumento que se pudiera adaptar a las necesidades de todas las personas», explica la investigadora del Campus de Palencia.
La pregunta acabó convirtiéndose en una línea de investigación sobre los llamados instrumentos musicales digitales o DMI, por sus siglas en inglés. Y también en una manera diferente de entender la relación entre una persona y un instrumento, y por tanto, con la música.
Digital
Para entender qué hace diferente a un DMI hay que olvidarse de la imagen tradicional de un instrumento. En una guitarra, por ejemplo, el gesto de tocar y el mecanismo que produce el sonido forman parte del mismo objeto. En un instrumento digital, en cambio, esas funciones pueden separarse.
Existe un controlador que capta el movimiento, un sistema que genera el sonido y una conexión entre ambos. «Esto permite que cualquier cosa pueda ser un instrumento musical», explica Partesotti. «Una silla puede ser un instrumento musical, una pelota, cualquier cosa. Una jarra de agua, cualquier objeto se puede transformar en instrumento musical», continúa la profesora del Departamento de Didáctica de la Expresión Musical, Plástica y Corporal de la Escuela de Educación de Palencia.
La investigadora decidió llevar esa idea un paso más allá. Si cualquier objeto podía convertirse en instrumento, también podía serlo el propio cuerpo. «Transformar tus movimientos en sonidos y, de ahí, básicamente, tu cuerpo se convierte en el instrumento musical», explica. Su idea se materializó en el e-mocomu, un instrumento que genera música y efectos visuales a través del movimiento del cuerpo en el espacio, con el que obtuvo el premio Prometeo, y posteriormente consiguió la patente registrada en la Universidad de Valladolid.
Pero lo importante, sostiene, es que las respuestas del sistema pueden programarse y modificarse, lo que abre una posibilidad especialmente interesante cuando quien utiliza el instrumento no puede realizar los movimientos que exige uno convencional.

Adaptado
Aquí aparece el verdadero objetivo de la investigación. No se trataba de crear una versión tecnológica de un piano o una guitarra, sino de cambiar la dirección de la adaptación.
En un instrumento tradicional, el usuario aprende a manejar unas reglas que ya están establecidas. «El teclado tiene todas esas teclas y yo tengo que aprender a tocarlas», resume Partesotti. Es la persona quien se adapta al instrumento. En su propuesta ocurre lo contrario. «Para mí lo revolucionario es que adaptas el instrumento a la persona. Y también es una forma de democratizar el aprendizaje”, asegura.
El sistema puede modificarse en función de las necesidades físicas o cognitivas de quien lo utiliza. De esta forma, una persona con grandes limitaciones de movimiento puede interactuar con el mismo instrumento que otra que no tiene ninguna discapacidad, aunque sus movimientos sean diferentes.
“Eso significa que puedo dar las mismas oportunidades a un niño con cuadriplejia, tetraplejia, con problemáticas físicas importantes, y a un niño sin discapacidades», explica. Y esa posibilidad es, precisamente, la que más le interesa llevar a las aulas. «Pueden tocar lo mismo, pueden tener las mismas oportunidades para tocar, y eso para mí es revolucionario».
Democrático

Porque la tecnología modifica la manera de tocar y sobre todo puede cambiar la relación de la persona con lo que está haciendo. Partesotti recuerda los primeros experimentos que realizó en Brasil donde decidió no explicar previamente a los participantes qué iba a suceder. “Entraban, comenzaban a moverse y descubrían la respuesta del sistema. Se veían personas que se ponían a bailar, a moverse de forma diferente, cada uno según cómo se sentía», cuenta. La reacción inicial solía ser de sorpresa: «Ah, mira qué estoy haciendo, mira si hago esto y otro».
Pero hay una experiencia que la investigadora recuerda de manera especial. Durante su doctorado participó en una investigación con otro instrumento digital que también utilizaba el cuerpo como forma de interacción. La persona que lo probaba tenía una discapacidad severa y apenas podía moverse. El sistema producía únicamente sonido. En un momento determinado hizo un pequeño movimiento y percibió que ese movimiento estaba generando una respuesta.
«Ves que se da cuenta, no puede ni hablar, pero la cara de soy yo es algo que no podré olvidar», recuerda Partesotti. A partir de ahí comenzó a moverse de una manera que, según explica, difícilmente habría ocurrido sin esa experiencia. Y para la investigadora, ese instante resume buena parte del sentido de un trabajo con el que se puede igualar oportunidades.
Aplicaciones
Después de años de investigación y experimentación, el proyecto se encuentra ahora ante el reto de comprobar sus aplicaciones. Partesotti ha trabajado en Brasil con aplicaciones relacionadas con la rehabilitación después de un ictus y con equipos vinculados a la neurociencia y la comunicación sonora. Allí también se realizaron investigaciones para estudiar qué sucede en el cerebro cuando se utiliza este tipo de tecnología. «En Brasil hice experimentos con resonancia magnética funcional», explica. También han trabajado con electroencefalografía y preparan nuevos resultados para su publicación.
Según la investigadora, estos estudios han observado cambios relacionados con la actividad cerebral y el sistema de recompensa. «Demostramos que hay neuroplasticidad, hay cambios, hay una actividad dentro del centro de recompensa», afirma.
En clase
Ahora quiere llevar esa investigación al terreno educativo. “La idea es utilizarlo ahora para el aprendizaje», explica. El objetivo es comenzar a trabajar con un centro de educación especial y, posteriormente, ampliar la experiencia a otros centros educativos.
La intención no es quedarse en la demostración de que la tecnología funciona. «Vamos a ir a este centro, hacer las pruebas, medir los resultados, cruzar datos, analizarlos y demostrar». Porque una cosa es comprobar que una persona disfruta haciendo música y otra poder demostrar qué efectos tiene esa experiencia y cómo puede incorporarse a un proceso de aprendizaje.
«A la vista se ve. Se ve que gusta, que funciona muchísimo, a nivel de expresión, de inclusión, de comunicación, de creatividad», señala. Pero hay que demostrar con datos las ventajas que tiene.
Reconoce que la escuela es el escenario que más ilusión le hace. Especialmente la posibilidad de que un alumno con una discapacidad pueda compartir una experiencia musical con otro que no la tenga. «Me gustaría muchísimo ver un niño sin discapacidad con un niño al lado, con barreras físicas, que tocan lo mismo», asegura.
Rehabilitación
Pero también plantea posibles aplicaciones con adolescentes, adultos y personas mayores. Incluso se ha investigado en rehabilitación y se plantean posibilidades en ámbitos como la salud mental o las residencias de mayores, ya que el instrumento se puede modificar y adaptar a cada contexto.
«Si mañana se necesita utilizar o aplicar con personas mayores que quieren un sonido o una canción de algún tipo, se puede programar, se puede pensar, se puede modificar, se puede recortar según lo que necesita», señala.
Además, uno de los objetivos de la investigadora es que la tecnología sea manejable y fácil de trasladar. Por eso, la experiencia inmersiva está pensada para desarrollarse en una habitación con varias pantallas o superficies donde proyectar las imágenes y la evolución tecnológica ha simplificado mucho el montaje. «Mi idea siempre ha sido que no sea una tecnología muy costosa y que sea fácil de llevar a cualquier sitio”, apunta.
Porque, al final, la ambición de Partesotti es tan simple y a la vez tan compleja como eliminar una barrera y utilizar la tecnología para cambiar reglas y democratizar el aprendizaje.