“La literatura tiene que generar impacto; si no, escribo para las moscas”, Samuel Marina Franco

samuel-marina-franco-cuentos-de-la-tierra-entrevista-literatura-rural-palencia Foto: E.DUQUE

Licenciado en Español: Lengua y Literatura por la Universidad de Valladolid, profesor de Lengua Castellana y Literatura y una de las voces jóvenes más singulares surgidas en Palencia, Samuel Marina Franco irrumpe en el panorama literario con Cuentos de la tierra, su primer libro en solitario. Antes había dejado rastro en varias antologías de M.A.R. Editor —Fantasía y terror rural, Tenerife Noir, El verano de tu vida y Castilla y León, territorio mítico— y había obtenido el XX Premio Internacional Sexto Continente de Relato de Radio Nacional de España con “Réquiem por Clarión de Campos”, imponiéndose a autores de 27 países.

La conversación con FreeMag dibuja con nitidez el perfil de un autor que escribe desde la intemperie castellana, la docencia y una concepción nada ornamental de la literatura. Marina Franco no entiende la escritura como pasatiempo ni como impostura cultural, sino como una necesidad física. Su universo creativo se levanta sobre tres ejes reconocibles: el ruralismo, la reflexión metaliteraria y las grietas de lo cotidiano, allí donde lo aparentemente normal se vuelve extraño, incómodo o siniestro. En esa cartografía caben los páramos palentinos, la sombra de Juan Rulfo, la educación sentimental de un lector que detestó las lecturas obligatorias en el instituto y la mirada crítica de quien defiende que la cultura debe ser pública sin rebajar su exigencia.

A sus 25 años, y ya como funcionario en prácticas en su provincia, el escritor palentino reivindica una literatura capaz de llegar a cualquiera sin renunciar a la densidad expresiva. Habla con la misma naturalidad de métrica, Borges, Cortázar o Delibes que de redes sociales, ortografía, elitismo cultural y despoblación. Rechaza la idea de que quedarse en Palencia equivalga a encasillarse y sostiene, frente a ese prejuicio, que una voz literaria nacida en un territorio periférico puede ser universal si acierta a nombrar lo humano. Esa convicción late en Cuentos de la tierra, un volumen de relatos breves concebido como una sucesión de impactos: piezas que buscan conmover, incomodar o dejar poso.

En esta entrevista, Samuel Marina Franco reflexiona sobre su vocación, su manera de enseñar, la dificultad de acercar la literatura a los jóvenes sin infantilizarla, la permanencia como gesto de resistencia y la escritura como forma de testimonio.

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Samuel Marina Franco en uno de sus lugares favoritos de Palencia, la Catadral de Palencia desde la Plaza de la Inmaculada. Foto: E.DUQUE


Estudió Lengua y Literatura en la Universidad de Valladolid y hoy ejerce como profesor. ¿La docencia era el destino previsto o llegó después de la escritura?

Siempre estuvo cerca. Yo entré en la carrera porque me gustaba la lengua, sobre todo la fonética y el sistema del español, y porque tampoco imaginaba un futuro muy distinto al de ser profesor. Luego, ya dentro, descubrí la literatura de verdad. En el instituto yo detestaba leer; las lecturas obligatorias no conectaban conmigo. Pero en la carrera se me abrió un mundo. Ahí entendí que sí, que me gustaba la literatura y que, además, necesitaba escribir. Para mí escribir es una necesidad fisiológica, como comer. Luego vino el máster, las oposiciones y la suerte de que saliera bien.

¿Cómo condiciona esa experiencia personal su manera de enseñar literatura?

Muchísimo. La ley obliga a trabajar determinadas lecturas, pero yo intento no forzar a nadie. Obligar a leer suele producir el efecto contrario: el alumno coge el libro con desgana, sin receptividad. Como yo lo viví así, prefiero trabajar desde la motivación. Les sugiero conexiones, les digo: “Esto que hemos visto me recuerda a tal libro; échale un vistazo”. Si consigues captar a uno, ya tienes una rendija. La batalla de la lectura no se gana imponiendo, sino despertando curiosidad.

En su discurso aparece con frecuencia Juan Rulfo. ¿Qué significó Pedro Páramo en su formación?

Fue un antes y un después. Los paisajes de Rulfo, ese páramo seco, la escasez de vegetación, el viento, me remitían a Palencia. Yo podía leer aquello y ver el Cristo del Otero o el cerro de San Juanillo. Me dio un sentido de pertenencia muy fuerte. Además, me interesa esa literatura del desengaño, desgarrada, que mira la realidad sin complacencia y recuerda que somos mortales, que el tiempo no se puede malgastar. Rulfo sugiere más de lo que explica, da retazos y obliga al lector a coserlos. Esa relación exigente con el texto me atrae mucho.


¿Ese influjo está presente en Cuentos de la tierra?

Sí, aunque no de manera mimética. El libro está atravesado por el ruralismo, por la literatura misma y por lo siniestro, entendido como esas grietas de lo cotidiano donde la realidad se resquebraja un poco. Muchos relatos están inspirados en pueblos palentinos, en el Cerrato, en Baltanás, en Rebolledo de la Torre, pero no como decorado costumbrista. El ámbito rural no es un adorno: es una forma de estar en el mundo, de mirar la persistencia, la memoria, la pérdida y también la resistencia.

Ha definido el libro como un volumen de relatos breves, casi como tentempiés. ¿Qué buscaba formalmente?

Quería un libro ligero en la extensión, pero no liviano en el fondo. Relatos breves, directos, que funcionaran por impacto. Cortázar decía que el cuento gana por nocaut, mientras que la novela lo hace por puntos. Esa idea me interesa mucho. Yo quería que el lector leyera uno y pensara algo, aunque no fuera necesariamente “me ha gustado”. Me importa más el efecto que la complacencia. Que algo remueva, deje una impresión, un malestar, una emoción.

De hecho, usted ha sido muy tajante al respecto: “La literatura tiene que generar impacto”.

Lo sigo pensando. Que a alguien un libro le guste o no, entra dentro de lo esperable; para eso existen los matices. Pero si no le produce nada, ahí sí hay un problema. La literatura no puede quedar reducida a mero ornamento. No hablo de propaganda ni de aleccionamiento; hablo de choque, de huella, de que el texto altere un poco al lector, aunque sea mínimamente.

¿Cuánto hay de experiencia vivida y cuánto de documentación en esos cuentos?

Mucha experiencia propia y mucha historia escuchada. Cosas que parecen surrealistas y, sin embargo, han sucedido o proceden de relatos familiares, de abuelos, de amigos. A veces la realidad es tan inverosímil que, si la pones en un libro, el lector la acepta como ficción. Luego, cuando necesito algún dato técnico o un espacio concreto, me documento. No me gusta mentir en literatura por descuido. Si una pieza exige precisión, hay que trabajarla.
También ha reflexionado sobre el ritmo narrativo y sobre una posible pérdida de musicalidad en parte de la narrativa actual.

Sí. Durante mucho tiempo pensé que la poesía no era lo mío, entre otras cosas porque no me veía capaz de dominar la métrica como compañeros míos que eran auténticas bestias. Luego entendí que el ritmo no está solo en el verso. Existe un ritmo semántico, una cadencia interna del texto narrativo. Rulfo la tiene, Borges la tiene, Cortázar la tiene. Y a veces da la impresión de que hemos sacrificado esa sutileza en favor de una prosa más funcional. A mí me interesa mucho una narración que suene, que tenga respiración, recurrencias, tensión verbal.


En paralelo a la escritura, está su trabajo en las aulas. ¿Qué diagnóstico hace de los adolescentes a los que enseña?
Son un espejo de la sociedad. A veces dicen barbaridades tremendas, pero muchas ni siquiera son conscientes del alcance de lo que dicen. Como docente, peleas con veinte realidades distintas a la vez. Yo necesito creer que desde el aula se puede cambiar algo, aunque sea poco. Dejo siempre alguna pregunta de reflexión en los exámenes porque quiero ver cómo piensan. Y ahí aparecen respuestas muy lúcidas, incluso en chicos que luego, en otros contextos, parecen desconectados. Hay una inteligencia latente, pero también un ruido enorme alrededor.


Ha hablado también de ortografía, redes sociales y acceso prematuro a determinados contenidos. ¿Le preocupa esa deriva?

Sí, porque afecta al lenguaje y, por tanto, a la forma de pensar. La ortografía se ha convertido para muchos en otro apartado más del libro, una lista de normas que se memoriza y se olvida. Y, claro, llegan textos con errores muy graves.

Pero el problema no es solo normativo; tiene que ver con la velocidad, con la exposición continua y con una cultura digital que normaliza casi todo mientras sea comprensible. La pregunta es cómo intervenimos sin caer en el paternalismo y sin convertir la enseñanza en castigo puro.

¿Esa dificultad para llegar a los jóvenes se reproduce también en el acceso a la cultura?

Totalmente. Yo defiendo la cultura pública, accesible, porque no todo el mundo puede pagar según qué entradas, según qué circuitos. Pero también veo una contradicción: cuando la cultura se ofrece de forma abierta, a veces el público no responde. Entonces no sé si estamos ante una crisis de acceso o ante una crisis de deseo cultural. En Palencia hay voluntad, hay iniciativas y hay gente con empuje, pero no siempre se consigue arrastrar a los jóvenes. Y yo mismo no tengo una solución clara.

¿Influye ahí cierto elitismo de los círculos culturales?

En algunos espacios, sí. No digo que haya mala fe ni trato despectivo; al contrario, yo he encontrado a personas generosas. Pero a veces, cuando algo se identifica con cultura de calidad, se vuelve muy hermético. Entrar cuesta. Uno se siente fuera de lugar, como si no compartiera del todo los códigos. Esa sensación existe y convendría revisarla si de verdad queremos ampliar la comunidad cultural.


Reivindica Palencia con insistencia, incluso frente a la idea de que quedarse supone encasillarse.

Claro. Se nos ha repetido mucho que si te quedas aquí vales menos, que lo verdaderamente importante está fuera. Yo no me lo creo. Soy escritor y soy palentino, y una cosa no disminuye la otra. La literatura, si es literatura, tiene que ser universal. Rulfo escribió desde Jalisco y me llegó a mí; no veo por qué una voz que escribe desde Palencia no puede llegar a Galicia, a Córdoba o a Caracas. Lo local no limita cuando se escribe sobre conflictos humanos reconocibles.

¿Hay también una voluntad de permanencia en esa elección?

Sí. Me interesa mucho la idea de quedarse, de permanecer, no como resignación, sino como decisión. Los relatos del libro tienen mucho de eso. Pueden pasar cosas terribles, pero los personajes siguen. No desde el optimismo ingenuo, sino desde una resistencia seca, muy castellana si quieres decirlo así. Hoy ha sido un día malo; duermes, te levantas y continúas. Esa es una de las pulsaciones del libro.

Cuentos de la tierra es su primer libro en solitario. ¿Lo entiende como punto de llegada o de partida?

De partida, sin duda. Era un sueño y ahora toca renovarlo. Me gustaría publicar poesía en algún momento y también seguir explorando otros registros. Tengo una novela escrita, más barroca y psicológicamente más espesa, pero todavía no sé si es su momento. Este libro sí lo era. Llevaba tiempo pidiendo salir.

¿Y qué espera ahora de los lectores?

Que entren sin prejuicios. No necesito unanimidad ni aplauso. Me basta con que el libro les deje algo dentro, una pregunta, una molestia, una emoción, una imagen. Si eso sucede, el texto ha cumplido su trabajo.