ESTHER DUQUE/DIRECTORA
Ocurre cada junio y ya ha dejado de sorprender ver a la señora con blusa de domingo y zapatos cómodos en la Plaza mayor, viendo el ambiente, sin saber quién está en el escenario, pero sonriendo y, con el paso de las canciones, moviendo los pies, porque la música tiene esa condición casi fisiológica de penetrar por los resquicios que uno no custodia, mientras a su lado, hay un chico con camisa hawaiana, que no sabe nada de ella y ella no sabe nada de él, y entre ambos corretea un niño con esa atención sin escotillas que los chigüitos poseen antes de que les instruyamos en la selectividad. Esas tres personas, en medio de una ciudad que la ciudad disgrega durante todo el año se unen en el marco de un festival aglutina a las personas que comparten capital de 90.000 habitantes sin rozarse y que solo ese momento de Dulzaro la muestra bajo el mismo cielo de junio. Lo que Lo que Juan Cruz Pascual y David García han construido viene después de veintitrés años trabajando para crecer y lograr que Palencia cuente con un espacio abierto para la cultura y la vida.
En la edición que aún se vive con resaca, y terminó ayer, fue seguida por veinte mil espectadores, cuarenta y dos propuestas,-y abonos para 2027 agotados-. Un lunes de junio en el que la mujer de más edad ha vuelto a la frutería con sus melotones, el cuarenteño a las chaquetas grises de banco, y el infante a la clase, Conviene detenerse en esa imagen porque dice más de Palencia Sonora que cualquier lista de nombres. este festival tiene una importancia que excede el cartel, aunque el cartel haya reunido a Xoel López, Carolina Durante, Siloé, Sanguijuelas del Guadiana y a grupos llamados a ocupar espacios mayores en los próximos años. En Castilla y León sabemos bien lo que cuesta mantener vivo cualquier proyecto cultural fuera de Madrid. Sabemos lo que cuesta que la gente joven tenga razones para quedarse, para volver, para traer a sus hijos al mismo sitio donde ellos fueron hace diez años. Palencia Sonora es una de esas razones. Merece el apoyo de las instituciones, sí, pero sobre todo merece que quienes vivimos aquí entendamos su valor antes de que alguien tenga que explicárnoslo desde fuera.