ESTHER DUQUE/ DIRECTORA
Amazon ha lanzado en redes una campaña que, bajo la apariencia de un consejo ligero, revela con bastante claridad una de las formas más eficaces del consumo actual. “Haz que tu cita suceda”, dice el mensaje, y a continuación coloca un “básico” junto a la imagen de un beso bajo la lluvia, como si el encuentro entre dos personas necesitara una compra previa para alcanzar su sentido, como si la lluvia, el deseo, la conversación y ese margen de incertidumbre que acompaña a cualquier cita pudieran ordenarse desde un catálogo antes de que la vida tenga ocasión de hacer lo suyo.
La campaña funciona porque habla en el idioma de su tiempo. Suena cercana, rápida, amable, casi inocente. Parece decirle a quien mira la pantalla que se prepare, que cuide el detalle, que llegue con seguridad, que ayude al destino con un gesto de consumo. Ahí reside su eficacia y también su carga ideológica. El anuncio desplaza el centro de la escena. La cita deja de depender del vínculo, del azar o de la presencia de dos personas, y empieza a construirse alrededor de un producto presentado como imprescindible. El mercado entra antes que el encuentro y ocupa un lugar que antes pertenecía a la expectativa, al nervio, a la torpeza y a la posibilidad.
El beso bajo la lluvia sirve como ejemplo porque pertenece al imaginario de lo inesperado. La lluvia irrumpe, cambia un plan, obliga a acercarse o a correr, desordena la ropa, borra el cálculo y deja a dos personas frente a un instante que vale precisamente por carecer de preparación. Convertir ese momento en una escena asistida por un “básico” altera su naturaleza. Ya queda poco de imprevisto cuando alguien ha sido invitado a comprar lo necesario para que lo imprevisto parezca perfecto. La espontaneidad pasa por caja y regresa convertida en decorado.
Esta es la habilidad mayor de cierta publicidad contemporánea. Apenas vende objetos aislados. Vende estados de ánimo, escenas de vida, promesas de pertenencia y pequeñas garantías emocionales. Una prenda deja de ser una prenda y se convierte en la confianza de una cita. Un accesorio deja de ser un accesorio y se transforma en la posibilidad de una noche memorable. Un envío rápido deja de ser logística y pasa a ser una respuesta contra la inseguridad. El consumidor cree comprar una cosa, aunque en realidad está comprando alivio frente a la sospecha de que quizá todavía le falta algo para vivir como debería vivir.
La palabra “básico” resulta reveladora. Suena modesta, práctica, casi neutra, pero opera como una forma suave de ampliar el perímetro de la necesidad. Lo básico fue durante mucho tiempo aquello que sostiene la vida. Ahora también puede ser aquello que sostiene una estética, una cita, una imagen o una versión mejorada de uno mismo. La publicidad convierte lo accesorio en requisito y lo hace sin estridencia, con la naturalidad de quien recomienda algo útil. Así se fabrican necesidades pequeñas, repetidas, acumulativas, hasta que cada momento cotidiano parece requerir preparación material para estar completo.
Esa lógica no se limita a una campaña ni a una plataforma. Atraviesa muchas formas de vivir el ocio, la amistad, el amor y el verano. Para una fiesta de pueblo se sugieren prendas, vasos, altavoces, riñoneras, gafas, camisetas y objetos que prometen convertir la noche en experiencia reconocible. Para un viaje se acumulan artículos que preparan la imagen antes que el descanso. Para una cita se ofrece el complemento que hará que la escena encaje. La vida queda traducida a secuencias de consumo y cada emoción encuentra su escaparate. El problema aparece cuando el producto deja de acompañar la experiencia y empieza a dictarla.
Una fiesta, una cita o un beso conservan su fuerza cuando admiten lo que escapa al control. La plaza llena, la canción repetida, la risa que llega sin aviso, el silencio compartido, la lluvia que arruina el peinado, el cansancio de una verbena, el paseo que cambia de rumbo, todo eso pertenece a una zona de la vida que pierde intensidad cuando se somete a la lógica de la preparación continua. El mercado necesita anticipar, nombrar, empaquetar y vender. La experiencia necesita presencia. Entre esas dos fuerzas se libra una disputa cotidiana que a menudo pasa desapercibida porque llega envuelta en anuncios simpáticos y frases de consumo rápido.
La campaña de Amazon merece una lectura crítica por eso, porque expresa una cultura que convierte cada ocasión en una oportunidad comercial y cada inseguridad en una puerta de entrada al carrito. El mensaje parece hablar de una cita, aunque en realidad habla de una forma de mirar los momentos antes de vivirlos. Primero se imagina cómo deberían ser, después se detecta qué falta para que respondan a esa imagen y finalmente se ofrece la compra como puente. Lo que se pierde en ese trayecto es la capacidad de llegar a una experiencia sin convertirla en producción.
Conviene distinguir entre prepararse y delegar la experiencia en el consumo. Arreglarse para una cita, escoger una prenda o llevar algo útil forma parte de la vida cotidiana. Otra cosa ocurre cuando una marca sugiere que el valor del momento depende de ese artículo, cuando el objeto ocupa el lugar simbólico del encuentro y cuando la emoción queda condicionada por la compra. Entonces la publicidad deja de vender un producto y empieza a vender una forma de insuficiencia. Dice que la vida puede suceder, pero mejor equipada. Dice que el deseo puede aparecer, pero conviene tenerlo previsto. Dice que el beso puede llegar, siempre que el carrito haya hecho su trabajo.
Frente a esa idea, cabe defender una evidencia sencilla. Una cita sucede cuando dos personas se encuentran, se escuchan y aceptan el margen de incertidumbre que acompaña a cualquier acercamiento. Un beso bajo la lluvia sucede cuando la lluvia cae y el deseo encuentra un gesto, no cuando una marca ha preparado la escena. Una fiesta se disfruta cuando el cuerpo está allí, cuando la conversación circula y cuando la noche deja algo que recordar más allá de la foto. El mercado puede vender objetos útiles, incluso agradables, pero tiene menos derecho del que pretende sobre la forma en que aprendemos a desear.
El editorialismo frente a estas campañas no debería quedarse en la burla ni en la nostalgia. La cuestión no es idealizar una vida sin consumo, sino señalar el punto en el que el consumo se disfraza de experiencia y empieza a ocupar su lugar. Ese punto se ha vuelto cada vez más frecuente, más sutil y más rentable. Por eso conviene nombrarlo. El beso bajo la lluvia cabe fuera del carrito. La cita también. Y quizá una parte de la libertad contemporánea consista en recordar, antes de comprar otro básico, que hay momentos que pierden sentido cuando alguien intenta vendernos la manera correcta de vivirlos.
El beso bajo la lluvia sirve como agente vendedor. No nos dejemos engañar, el amor no tiene precio. Comenzando por querernos a nosotros mismos sin que el dinero importe, sí quienes somos.