Una de cada tres fotos guardadas en el móvil carece de interés para sus usuarios

Eva Casado, presidenta de la AFPE. FOTO: Genaro Massot

Un estudio privado sobre hábitos fotográficos señala que el 42 % de los españoles acumula imágenes innecesarias y solo el 38 % las elimina habitualmente.

Una de cada tres fotografías que los españoles conservan en sus teléfonos carece ya de relevancia para ellos y el 42 % reconoce acumular imágenes innecesarias sin eliminarlas habitualmente, según un estudio privado sobre hábitos fotográficos difundido este verano. La encuesta sitúa el foco sobre una práctica cotidiana que se ha multiplicado con los teléfonos inteligentes: fotografiar prácticamente sin límite y conservar después gran parte de esos archivos durante años.

Las estimaciones internacionales ayudan a dimensionar el fenómeno. Rise Above Research calcula que en 2026 se tomarán alrededor de 1,95 billones de fotografías en el mundo, el 94 % mediante teléfonos inteligentes, mientras el volumen acumulado de imágenes almacenadas se aproximará a 13,6 billones. La consultora prevé además que la producción anual supere los 2,3 billones de fotografías en 2028.

La abundancia ha cambiado la relación con la fotografía. El coste marginal de realizar una imagen es prácticamente imperceptible para el usuario y el teléfono permite guardar decenas de versiones de una misma escena, capturas de pantalla, fotografías borrosas o documentos utilizados durante unos minutos. El problema aparece cuando esa acumulación deja de percibirse como consumo porque el archivo carece de presencia física.

La nube también necesita infraestructuras

Guardar una fotografía digital tiene una huella ambiental, aunque resulta difícil asignarle una cifra universal. El archivo puede permanecer únicamente en el teléfono, sincronizarse en varios dispositivos o duplicarse en servidores remotos. También influyen el tamaño, el tiempo de conservación, la frecuencia con que se consulta y la electricidad utilizada por las infraestructuras que lo almacenan.

Los centros de datos representan una parte creciente de la demanda eléctrica mundial. La Agencia Internacional de la Energía calcula que su consumo podría superar los 945 TWh en 2030, más del doble que en 2024 y cerca del 3 % de toda la electricidad utilizada globalmente. El crecimiento de la inteligencia artificial se ha convertido en uno de los principales impulsores, aunque también aumentan otros servicios digitales y el almacenamiento en la nube.

La AIE estima que centros de datos y redes de transmisión generaban alrededor de 330 millones de toneladas de CO₂ equivalente en 2020 si se incluían las emisiones incorporadas, aproximadamente el 0,6 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. La huella varía considerablemente según la eficiencia de las instalaciones y la fuente empleada para producir electricidad.

Por ello, afirmar que una determinada cantidad de fotografías equivale al consumo de un número concreto de móviles resulta difícil sin conocer la metodología utilizada. Tampoco puede concluirse de forma general que imprimir una fotografía contamine necesariamente más o menos que almacenarla digitalmente. Papel, fabricación, tintas, transporte y duración de la copia física deben compararse con servidores, redes, dispositivos, redundancias y años de almacenamiento digital.

El 62 % apenas limpia su archivo fotográfico

El estudio difundido en España apunta, en cualquier caso, a una acumulación considerable. El 42 % declara guardar fotografías innecesarias y un 20 % adicional realiza una limpieza limitada, mientras solo el 38 % afirma eliminar activamente las imágenes que deja de necesitar.

Los porcentajes deben interpretarse como resultados de una investigación promovida por una empresa del sector de impresión fotográfica y no como una estadística oficial sobre toda la población española. La información pública localizada no ofrece suficiente detalle metodológico sobre tamaño y composición de la muestra para establecer su representatividad con la misma solidez que una encuesta del INE.

Su principal interés reside por ello en la tendencia que identifica. La fotografía digital ha eliminado buena parte de las restricciones económicas y físicas que obligaban anteriormente a seleccionar antes de disparar y después de revelar. La capacidad de almacenamiento ha crecido al mismo tiempo, desplazando esa selección hacia un futuro que muchas veces nunca llega.

Los trabajos de estudio han registrado un incremento del intersante la nueva ley. FOTO: Pilar Garca Merino

La basura electrónica crece más deprisa que su reciclaje

El impacto ambiental de esa cultura digital tampoco se limita a la electricidad necesaria para almacenar archivos. Teléfonos, ordenadores, discos duros y servidores terminan convirtiéndose en residuos físicos.

El Global E-waste Monitor 2024, elaborado por Naciones Unidas a través de UNITAR y la Unión Internacional de Telecomunicaciones, calculó que el mundo generó 62 millones de toneladas de residuos electrónicos en 2022, un 82 % más que en 2010. La cifra aumenta a un ritmo aproximado de 2,6 millones de toneladas al año y podría alcanzar los 82 millones en 2030. Solo el 22,3 % de los residuos producidos en 2022 fue recogido y reciclado de manera documentada.

Conviene distinguir ambas cuestiones. Borrar fotografías innecesarias reduce necesidades de almacenamiento y copias de respaldo, pero su efecto individual sobre el consumo mundial de energía es pequeño. Prolongar la vida útil de los dispositivos, reutilizarlos y garantizar un reciclaje correcto aborda otra parte, generalmente mucho más intensiva en materiales, de la huella digital.

La higiene digital empieza por conservar menos

La denominada higiene digital puede aplicarse con medidas sencillas: eliminar duplicados y capturas temporales, revisar vídeos de gran tamaño, evitar copias automáticas innecesarias y comprobar qué servicios mantienen respaldos de un mismo archivo.

El objetivo carece de sentido si se convierte en una obligación de borrar recuerdos valiosos. La cuestión está en seleccionar aquello que realmente merece conservarse y dejar de considerar el almacenamiento digital como un espacio materialmente ilimitado y ambientalmente neutro.

Las cámaras de los teléfonos han conseguido que nunca se hayan producido tantas fotografías. La siguiente transformación quizá no dependa de hacer todavía más, sino de decidir cuáles de esos billones de imágenes siguen teniendo algún motivo para ocupar espacio años después.