La exposición abierta en el antiguo Ayuntamiento de Cabrillanes reúne hasta el 4 de octubre obra gráfica, escultura, dibujo, pintura y libros ilustrados del creador madrileño. La selección presta especial atención a la huella de Robles de Laciana, donde Arroyo recuperó la casa familiar, instaló un taller y convirtió el paisaje y los materiales de la montaña leonesa en parte de su universo artístico.
La relación de Eduardo Arroyo con la montaña leonesa atraviesa las 35 obras y los dos libros ilustrados que pueden verse hasta el 4 de octubre en el antiguo Ayuntamiento de Cabrillanes, en Babia. La exposición reúne piezas pertenecientes a la colección del Instituto Leonés de Cultura para recorrer varias de las constantes de uno de los nombres esenciales de la figuración crítica española, desde la literatura y el boxeo hasta la política, la cultura popular, la estampación y un territorio, Robles de Laciana, que acabó ocupando un lugar propio dentro de su obra.
Eduardo Arroyo en la colección del ILC, abierta desde el pasado 8 de agosto y comisariada por Luis García Martínez y José Luis Casas Paramio, evita una reconstrucción cronológica completa de sus seis décadas de trabajo. La selección se articula alrededor de los asuntos que reaparecieron en su producción, de la diversidad de técnicas que utilizó y, especialmente, de la relación personal y creativa que mantuvo con la Montaña Occidental leonesa.
Ese último hilo adquiere especial sentido en Cabrillanes. Arroyo nació en Madrid en 1937, pero sus raíces maternas estaban en Robles de Laciana, localidad a la que regresó después de sus años de exilio y donde recuperó la casa familiar y estableció un taller. El vínculo fue mucho más allá de una segunda residencia: nombres, materiales, paisajes y personajes asociados a Laciana terminaron incorporándose a su producción artística.

Laciana entra en la obra
Entre las piezas seleccionadas figuran Novia de Muxivén, Unicornio de Laciana y un Autorretrato relacionado con el regreso del artista a la casa familiar de Robles. Las tres permiten observar cómo aquel territorio se incorporó a lenguajes y materiales diferentes.
Novia de Muxivén es una escultura realizada en el taller de Robles con piedra de la propia zona y fundición en plomo. Unicornio de Laciana combina collage, lápiz y gouache, mientras el Autorretrato mezcla dibujo, collage y pintura. La diversidad técnica refleja una característica constante de Arroyo, cuya producción se movió entre pintura, escultura, gráfica, ilustración, escritura y escenografía.
El IVAM ya destacó esta relación entre su escultura y Laciana en la retrospectiva dedicada al artista en 2008. Durante sus últimos años, Arroyo trabajó en Robles con bloques de piedra procedentes de la comarca para construir cabezas de animales y figuras vinculadas a un imaginario casi mitológico. Series como Unicornio de Laciana o Novia de Muxivén fueron interpretadas entonces como la creación de un particular repertorio de mitos enclavado en los Montes de León.
La montaña deja así de funcionar como simple contexto biográfico. Aparece en los títulos, proporciona materiales y acaba formando parte del repertorio simbólico del artista.
De París a la figuración crítica
La exposición de Cabrillanes permite acercarse a esa etapa leonesa sin perder de vista una trayectoria iniciada muchos años antes y marcada por el exilio.
Arroyo se instaló en París en 1958. Había estudiado Periodismo y aspiraba inicialmente a dedicarse a la literatura, pero la dificultad de escribir profesionalmente en una lengua distinta terminó orientándolo hacia la pintura y el dibujo. Desde Francia desarrolló durante los años sesenta un lenguaje figurativo, narrativo y deliberadamente crítico con la realidad política española.
El Museo Reina Sofía lo sitúa entre los impulsores de la figuración crítica surgida durante aquella década. Su obra conectó con determinados recursos del pop art, aunque los utilizó para abordar el franquismo, el exilio, la identidad española y el propio papel del artista. Uno de los ejemplos más contundentes es Los cuatro dictadores, de 1963, un políptico en el que representó a Franco, Salazar, Hitler y Mussolini y cuya presentación en la III Bienal de París terminó provocando su veto en España.
Su regreso definitivo se produjo en 1976, tras recuperar el pasaporte español. Desde entonces amplió una obra en la que convivieron referencias políticas y literarias con boxeadores, toreros, deshollinadores, personajes históricos, figuras femeninas, episodios autobiográficos y una constante reflexión sobre otros artistas.
En 1982 recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas y en 1995 representó a España, junto a Andreu Alfaro, en la Bienal de Venecia. Su obra protagonizó exposiciones antológicas en el IVAM, el Museo de Bellas Artes de Bilbao y el Museo Reina Sofía. Falleció en Madrid el 14 de octubre de 2018, a los 81 años.
La estampa ocupa el centro del recorrido
La muestra de Cabrillanes reserva un espacio especialmente amplio a la obra gráfica, uno de los territorios fundamentales de Arroyo.
La exposición incorpora litografía, aguafuerte, aguatinta, gofrado, pochoir, fotograbado, xilografía, serigrafía y estampa digital, además de piezas en las que varios procedimientos se combinan.
No era una práctica secundaria dentro de su producción. El IVAM señalaba ya en 1989 que su gráfica desarrollaba los mismos temas que la pintura y que ambas disciplinas terminaron influyéndose mutuamente. Arroyo utilizaba la imagen para narrar historias y revisar episodios políticos, experiencias personales, amistades, conflictos artísticos y obsesiones que reaparecían bajo distintos soportes.
La relevancia de ese ámbito se aprecia especialmente en las 14 piezas de la Suite Senefelder and Co. presentes en Cabrillanes. El proyecto completo fue realizado entre 1993 y 1996 y alcanzó 102 obras elaboradas con la colaboración de nueve talleres de distintas ciudades europeas.
La serie homenajeaba a Aloys Senefelder, inventor de la litografía a finales del siglo XVIII, y concluyó precisamente cuando se cumplían doscientos años de aquel procedimiento de impresión. Arroyo introdujo además una referencia explícita a la Suite Vollard de Picasso, convirtiendo la historia de la propia estampación en materia artística.
Catorce de las 35 obras expuestas pertenecen a la Suite Senefelder and Co., un proyecto de 102 estampas que Arroyo desarrolló durante cuatro años con nueve talleres europeos.
Literatura, boxeo y memoria personal
La amplitud temática explica el resto del recorrido. Arroyo conservó durante toda su vida una estrecha relación con la literatura y llegó a desarrollar una obra escrita paralela a su producción plástica. Esa voluntad narrativa pasó también a dibujos, pinturas y grabados, donde personajes y objetos rara vez aparecen como elementos puramente decorativos.
El boxeo constituyó otra de sus grandes pasiones y se convirtió tanto en objeto de estudio como en recurso visual. La idea del combate aparece incluso en la forma en que entendía la pintura, concebida en ocasiones como enfrentamiento con el cuadro, con determinadas tradiciones artísticas y con los discursos dominantes de su tiempo.
A esos intereses se unen el imaginario popular español, la política, la minería, la religión, las figuras femeninas y el diálogo con escritores e intelectuales. Cabrillanes reúne ejemplos de esos registros sin intentar reproducir toda su trayectoria. La propuesta permite, en cambio, observar cómo los mismos asuntos reaparecieron durante décadas bajo materiales y técnicas muy diferentes.
La ubicación añade una lectura especialmente significativa. Una parte de la obra de Arroyo ha regresado a la montaña que alimentó su etapa final y donde el artista encontró materiales, nombres y figuras con los que construir un imaginario propio. A pocos kilómetros de Robles de Laciana, Novia de Muxivén y Unicornio de Laciana se contemplan ahora dentro del mismo territorio del que surgieron.