El intento de boicot al concierto de Tanxugueiras durante las fiestas de San Antolín ha dejado en Palencia algo bastante más grave que cuarenta minutos de retraso, porque cuando una protesta abandona la razón que la hizo legítima y busca imponerse mediante el insulto, la intimidación o el deseo de muerte, la causa que pretendía defender queda relegada por una conducta que revela, hasta qué punto la incultura puede presentarse revestida de convicción.

E.DUQUE/Directora
La Plaza Mayor de Palencia debía acoger un concierto y terminó convertida durante cuarenta minutos en un espectáculo lamentable. Después de que parte de quienes habían participado en una concentración de apoyo a Ceuta prolongara allí su protesta entre banderas, consignas políticas, abucheos y gritos dirigidos contra Tanxugueiras, mientras miles de ciudadanos aguardaban una actuación incluida en las fiestas de San Antolín y la Policía trataba de contener una tensión nacida de la idea de considerar que la importancia concedida a una causa propia autoriza a disponer del tiempo, de la voluntad y de la libertad ajenas y de llevar la falta de respeto a profesionales que sólo quieren entretener y difundir el arte con su música.
Defender Ceuta pertenece al ejercicio legítimo de la ciudadanía, del mismo modo que censurar al Gobierno, exigir responsabilidades políticas o expresar una determinada idea de España forman parte de una democracia que entrega a cada cual la posibilidad de sostener públicamente sus convicciones, no otorga el privilegio de convertir a los demás en figurantes obligados de una forma de protesta que es delictiva.
El episodio que ha puesto en el ‘mapa de la vergüenza’ a la capital palentina supura por todos los poros ignorancia y falta de respeto. Las expresiones atribuidas a algunos participantes contra Galicia y contra las integrantes de Tanxugueiras obligan, por ello, a hablar de analfabetismo con toda la precisión que la palabra merece, entendido menos como carencia de conocimientos que como pobreza de juicio, porque una persona puede acumular estudios, información y certezas mientras conserva intacta una incapacidad profunda para reconocer la dignidad de aquello que le disgusta, y esa incapacidad se vuelve especialmente visible cuando la diferencia deja de despertar curiosidad o rechazo razonado y provoca, en cambio, el impulso de expulsar, humillar o borrar simbólicamente a quien la encarna.
La cultura exige justamente el esfuerzo contrario, pues obliga a aceptar que el mundo excede nuestras preferencias y que la realidad humana contiene lenguas que apenas comprendemos, músicas que jamás elegiríamos, ideas que nos irritan y formas de vida que desafían nuestras costumbres, de manera que su valor civilizador reside menos en proporcionar respuestas agradables que en educar una inteligencia capaz de soportar la complejidad, medir sus pasiones y reconocer que la libertad ajena conserva toda su legitimidad incluso cuando contradice nuestras convicciones más arraigadas.
Tanxugueiras canta en gallego y esa circunstancia convierte el episodio en una paradoja especialmente amarga para quienes envolvieron su protesta en banderas españolas, porque defender España mientras se desprecia una de las lenguas que forman parte de su historia cultural equivale a empequeñecer aquello que se proclama amar, reduciendo un país plural a una versión doméstica y cómoda de sí mismo en la que únicamente parecen dignos de pertenencia los sonidos, los acentos y las sensibilidades capaces de devolver al patriota su propia imagen.
España alcanza una dimensión mucho mayor cuando una canción gallega suena con naturalidad en Palencia, del mismo modo que la cultura castellana encuentra sentido lejos de Castilla y León, porque las lenguas, la música y la literatura adquieren vida precisamente cuando circulan, se mezclan y encuentran oyentes fuera del territorio donde nacieron; convertir esa circulación en motivo de hostilidad revela una concepción patrimonial del país que confunde pertenencia con propiedad y amor con vigilancia, dos errores que terminan transformando la identidad en frontera.
La responsabilidad, además, pertenece a quienes protagonizaron los insultos y el intento de boicot, mientras que la gran mayoría de los presentes, la Palencia que sí es real y no representada por un gropúsculo, quedó representada también por quienes esperaron el comienzo de la actuación, reclamaron la presencia del grupo y permanecieron en la plaza cuando finalmente empezó la música, circunstancia que conviene recordar porque la inteligencia exige distinguir y porque toda generalización que convierta a una ciudad, una ideología o una bandera en culpables colectivos reproduce el mismo mecanismo de simplificación que alimenta el fanatismo.
Lo ocurrido merece permanecer en la conversación pública precisamente por esa razón, ya que una democracia se deteriora mucho antes de que sus leyes cambien cuando una parte de sus ciudadanos empieza a considerar normal que la discrepancia adopte la forma del desprecio y que la indignación dispense de la cortesía, del juicio o de la medida, mientras la violencia verbal va perdiendo gravedad a fuerza de repetirse hasta instalar en el lenguaje cotidiano una brutalidad que termina pareciendo apenas otro registro de la política.
La cultura sirve entonces como una forma de resistencia civil, porque enseña a desconfiar de las certezas demasiado cómodas, obliga a ampliar el vocabulario con el que comprendemos al otro y recuerda que ninguna identidad se fortalece mediante la expulsión de aquello que la contradice, mientras la incultura trabaja en sentido inverso y reduce progresivamente el mundo hasta hacerlo habitable únicamente para quienes piensan, hablan y sienten de la misma manera.
Tanxugueiras acabó cantando en Palencia y ese hecho posee una importancia mayor que la anécdota festiva, porque durante unos minutos un grupo quiso imponer el grito sobre la música y la plaza respondió manteniendo abierto el espacio que la intolerancia pretendía ocupar por completo; al final, la diferencia entre una sociedad culta y otra entregada a sus peores impulsos quizá resida justamente en esa capacidad de impedir que quien grita más fuerte adquiera por ello más derechos, más razón o más autoridad que quien simplemente espera su turno para cantar.